EL SÍNDROME DE LA INMEDIATEZ

Vito Campanella - Recuerdos Romanos
[ESTO NO ES UN POEMA]

EL SÍNDROME DE LA INMEDIATEZ

Hoy voy a dejar los versos de lado, tengo las palabras mudas. Secas y alejadas de mí. Voy a escribir sobre lo que pasó este año. Sobre lo que cambió todo en mi. Mis hábitos, mis costumbres, mi vida. Es algo que experimenté cuando me dí un segundo para respirar.

Había pasado meses desde que le había conocido. Una persona que supo llegar y quitar las barreras que no se por qué, nos solemos poner entre humanos. A cada vez más, me sentía identificada con su vida. Vida, que no tenía relación alguna conmigo, “un polo opuesto”. Polo del que poco a poco empecé a sentir más que atracción. Hasta llegar a tener unas ganas locas por querer tentarle. Unas ganas locas de querer tocarle.

El viento sopló a mi favor y ese día me encontraba sola tirada en su cama, esperando por la persona que me tenía la libido en las nubes. Había esperado meses por ese momento, ardía entera, mi corazón se aceleró por esos ojos  desde el día en que pude besarle. Como quien tiene la boca áspera y delira por una gota de agua. Como a quien arde el estómago y necesita llevar algo a la boca. Como quien aprieta los dientes, aguanta la respiración y anhela con todo su fuerza un objetivo. Así, deseaba yo estar allí.

Allí, anhelando, con sed y hambre. Preparada para un combate, una batalla de cuerpos. La espesa oscuridad no me permitía distinguir nada en la habitación, sólo el sonido de mi pecho alteraba la profunda voz de la lobreguez. Estaba sola, con la sangre acelerada recorriendo mis venas. Alterada de emociones aguardando por un alivio.

Sentí su mano meterse dentro de mis sábanas. Sus mágicas manos…

Intuitivo es,  que mi excitación me  tire encima de su cuerpo, mis besos resplandezcan y  su piel  dé  color a la penumbra.  Lo normal es,  que los cuerpos que se atraen dancen juntos, rindan pleitesía uno al otro,  que de los poros lluevan orgasmos, y de las bocas, canciones. Lo lógico sería, que del resultado de una espera de meses, naciese un recuerdo digno de ser revivido con la piel erizada y una enorme sonrisa.

Pero de esa espesa oscuridad, no hay nada por resaltar. Toqué su torso de forma tosca.  Mis besos incoloros se perdían por su cuerpo. Mi agitación cardiaca me ponía de los nervios. Como cuando estás aprendiendo a leer y se te atraviesan muros ante cada palabra. Sin sentido alguno, follé. Follar por follar está muy bien, mas no, cuando lo que quieres dar es amor. El acto terminó como siempre que alguien tiene sexo, algún participante – o con suerte los dos- queda satisfecho. Sexo, sin más.

En cualquier otra ocasión –mejor dicho, con cualquier otra persona- no habría gastado “tiempo” en pensar cómo me había comportado; y de ninguna manera me hubiese preocupado por el resultado final.  Pero esta vez la oscuridad tenía algo preparado para mí, en la gruesa voz de las tinieblas, algo empuño mi pecho, no dejó mi corazón latir tranquilo desde ese momento.

Caí en el deseo de estar a solas, protegida por mis sábanas por varios días. Pasé casi un mes bajo la manta, esperando que algún desconocido rayo de luz me levantase el ánimo y me sacase de allí… Esperaba lo que nunca ha de llegar de afuera, felicidad.

 Y fue así como, después de muchos años, me permití escuchar mi propia voz. Oí los huesos crujir, sentí mi mirada vacía, descubrí mis manos cansadas, encontré un enorme agujero en el pecho y minúsculas mis emociones. Mi imagen, era todo lo que nunca vi. Me desconocí por un instante; y me recordé para ver lo lejos que estaba de lo que quise hacer de mi, de mi saliva, de mis sueños.

Descubrí que estaba enferma, intoxicada, olvidada. En algún momento de mi vida –muchos años atrás- deje de escuchar mis latidos, de agradecerme por mis logros y de corregir mis errores. Me olvidé que de mí depende mi existencia.

De esto nace lo que yo llamo: EL SÍNDROME DE LA INMEDIATEZLa esclavitud de querer tener resultados instantáneos. De querer las cosas, ya. Vivir momentos, ya. Amar, ya. Olvidar, ya. Comer rápido. Dormir poco. Orgasmos, ya. Exámenes, ya. Terminar lo que tengo por hacer, ya. Querer tener respuesta de un mensaje, ya. YA, YA, YA.

¿De qué va todo esto? De los hábitos que descubrí en mí, y de la poca prioridad que daba a los momentos importantes. De que sin darme cuenta, deje de vivir una vida.

  • Descubrí que ya no me importaba escuchar la voz de mis amigos; me contentaba con ver cómo cambiaba su foto de perfil.
  • Descubrí que me costaba recordar el timbre de voz de mis seres queridos, a cambio tenía mensajes como: “Escribe por aquí que ahora no puedo hablar”. Mensajes que destacaban por su insustancialidad.
  • Ya no cogía llamadas telefónicas; prefería un mensaje -que si había suerte- respondería cuando me diese la gana.
  • Podía recordar claramente cuantas notificaciones había recibido ayer mi móvil, pero no  podía describir cómo vestía de pies a cabeza mis amigos.
  • Encontré que las personas que me rodeaban tenían aficiones de las que nunca les escuché hablar; pero que reflejaban constantemente en sus perfiles.
  • Descubrí que ya no era capaz de mirar a los ojos y decir a esa persona que me gusta: “Me fascinas”. Si no que a cambio, publicaba canciones en mi muro y esperaba con ansiedad a un “like” suyo.
  • Tenía atrofiado los sentimientos. Dejé de decir cosas bonitas a los ojos -a cambio lo escribía en alguno de mis perfiles- y lo feo, lo que se debía decir con delicadeza, lo dejaba salir de mi boca como vómito.
  • Me volví aún más reservada. Y empecé hablar menos. Como si me cobrasen por hablar y no, por enviar mensajes.
  • Dejé de apreciar el día, dejé de enaltecer la noche. Ya no había tiempo más allá de mi móvil.
El síndrome de la inmediatez
  • Dejé de sentir  interés por la vida de mis amigos. A cambio, mi reacción era: “Ponme un mensaje, no sea que se me olvide”. ¿Olvidar? ¿Qué?  Olvidar sentir interés por sus cosas, por su vida, por su amistad.
  • Descubrí que ya no saludaba a mis conocidos por la calle. Por el contrario me enterraba entre mis audífonos; y dejaba mi mirada perdida, para evitar tener contacto.
  • Descubrí que tenía mi lista musical abarrotada de canciones, y que no sabía qué tipo de música me identificaba. Cuál era mi color favorito. Ni cuánto tiempo había perdido de mi día revisando  las mismas actualizaciones de mis contactos en las redes sociales.
  • Me fijé que para cada momento importante de mi vida que debía haber disfrutado tenía una foto, en vez de un sentimiento. Me di cuenta que no amaba mi vida, no apreciaba sus detalles. En cambio, me dejaba guiar por los “like”, los “comentarios”  hechos en algunas de mis publicaciones. Comentarios de personas que jamás estarán interesados en vivir un instante real conmigo.
  • Descubrí que a más mensajes, escribimos peor. Somos grandes holgazanes de la gramática, del buen escribir. Del sentido común. Y aún así, NOS ATREVEMOS A ESCRIBIR COSAS IMPORTANTES EN UN MENSAJE.
  • Me di cuenta que el único dato que tenía diariamente de las personas que me importaban era su “última conexión”.
Vito Campanella - Recuerdos Romanos
2008 “Recuerdos romanos” by
©Vito Campanella

La lista no para aquí, mi relato había quedado en que yo había sido un desastre en la cama. Por lo que mi ego interior se había alarmado. ¿POR QUÉ? Si había soñado tantas veces con poseer a esa persona, ¡por qué había reaccionado así!.

Fría. Me quedé fría cuando escuché cada una de las cosas de las que mi cuerpo quería hablarme:

  • Mi número de palabras en una conversación era directamente proporcional al grado de alcohol que llevase en el cuerpo.
  • Me enfurecía si no obtenía las cosas YA.
  • Dejé de saborear el café de mis mañanas; y lo convertí en una vulgar bebida constante.
  • No recordaba cuándo había sido la última vez que había sentido “algo” por alguien.
  • Como no me gusta estar con sobrepeso, en vez de llevar una alimentación equilibrada: o comía mucho o dejaba de comer. Tenía el cuerpo completamente débil.
  • Como dormía poco: requería exceso de cafeína, taurina y todos sus aderezos.
  • El ligar se convirtió en una práctica constante. Deje de ver humanos, para ver carne. Dejé de dar besos, para buscar orgasmos. Dejé de sentir la piel, para quedar satisfecha YA, y largarme YA.
  • Me encontré con una agenda telefónica inflada de números, y escasa de razones. De versos.
  • Descubrí que llevaba años sin sentir deseo por alguien. Sin desear ser realmente tocada por otra persona. Descubrí que llevaba años follando. Y que no recordaba la última vez que había hecho el amor.
  • Descubrí que llevaba años practicando sexo, ebria. No recordaba la última vez que había tocado a otra persona llena de deseo, en vez de alcohol.  Como las conversaciones, a más grado de alcohol, más sexo.
  • Descubrí que hacía mucho el principal gesto de mi rostro había dejado de ser, la sonrisa.
  • Descubrí una desconocida.

Estaba claro, era una primera vez después de muchos años: estaba completamente atraída, completamente sobria. Completamente vulnerable a dejarme ser, en su piel. Esa vez, fui incapaz de tocarle como esa persona se lo merecía, porque en el fondo de mi corazón, no me creía digna de tal deseo.

Y fue así como desaparecí de mi vida las aplicaciones de mensajes instantáneos -que te llenan de “frases mal escritas”, chistes de chistes de otros chistes, remplazan mediocremente cosas importantes-. Desterré cualquier idea de reemplazar las cosas bonitas que debería decir, por publicarlas en algún lugar lejos de mi boca. Quité de mis costumbres, cualquier manía que me tape los ojos, ensordezcan mis oídos, me selle la boca. Cambié mis hábitos alimenticios, aprendí a mimarme, a sonreírme en el espejo, a respetar mis tiempos. Me desprendí de lo que se había convertido en la extensión de mi brazo: el móvil.

Descubrí que la vida se saborea desde la mañana hasta que cae la noche, incluso durmiendo.
Descubrí que ningún problema es tan grande, para una persona que se siente fuerte.
Descubrí que cuando regalas una sonrisa a un desconocido, lo desconocido te sonríe.
Descubrí que lo importante de un beso, es lo que entregas.
Descubrí que el amor propio potencia el amor prójimo.
Descubrí canciones saliendo de mi pecho.
Descubrí que las cosas que no me gustan pueden cambiarse, con un simple gesto.
Descubrí que en esta vida, sólo tengo a mi cuerpo/mente/alma para vivirla.
Descubrí que un sentimiento, te cambia la vida.

Y que por suerte, aún me quedan amigos.

  © Saliary Röman

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Disculpas a los que esperaban versos.
Este 2014 es sin duda, un regalo en mi vida.
¡Muchas gracias por leer!
❤!

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64 comentarios en “EL SÍNDROME DE LA INMEDIATEZ

  1. aritasanchez dice:

    Un texto lleno de verdades y acompañado de una gran historia.
    Gracias por compartir ese sentir, logras que muchas personas logremos identificarnos por vivir en un mundo donde día a día preferimos mas la tecnología que una agradable velada con un amigo.

    Saludos desde México.

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