La ausencia de ruido,
de estímulos,
de contacto externo,
nos invita a descubrir nuestras voces internas,
nuestros múltiples “yo”.
¿Por qué nos nace ser tan honestamente correctas con unos;
distraídas y apáticas con otros;
protocolarias con las voces que no nos apetece oír;
y nuestro más sincero corazón abierto con algunos seres?
Un yo distinto: a veces cruel, a veces humano, a veces banal y, en ocasiones, despreocupado consigo mismo.
La vida nos ha revolcado a su placer,
hasta darnos cuenta de que esta versión a la que llamamos día a día nos pertenece;
somos dueñas y responsables de lo que acontece en esta historia.
Así que hicimos lo que hace cualquiera cuando algo te apasiona:
nos hicimos responsables de nuestras decisiones, de nuestros deseos, de nuestros porqués
y, sobre todo, del camino.
La buena noticia es que no tenemos respuestas para todo;
a veces basta con sentir el presente.
Hemos perdido muchas personas y experiencias que queríamos mantener de por vida;
los cambios no son individualistas,
cambias en conjunto: hábitos, música, placeres, metas, refugios.
Digamos que el viento se lleva algunos suspiros para abrir paso a decisiones vitales.
Los cambios son tan satisfactorios como dolorosos;
no hay una receta fija,
no existe una sola historia inamovible.
O haces que te pasen cosas y aprendes,
o simplemente te pasan cosas y mueres.
Algunas veces llegan existencias más allá de tus expectativas;
algunas otras, comprendes que hay que volver a abrir nuevas posibilidades.
Hay que pausar el ruido,
ser transparente,
escuchar tu instinto.
Hoy vemos el pasado con perspectiva;
aceptamos que en ocasiones fuimos muy malas especies,
otras tantas fuimos humanas,
y una que otra vez fuimos tan inocentes que nos dan ternura aquellos momentos.
Cuando nuestra mente inquieta se desborda
e intenta revivir pasados, escribimos.
Escribo y calmo.
O no hacemos nada y experimentamos pequeñas tormentas,
despojos del pasado que en el hoy ya no aportan valor alguno.
Resulta evidente que vivir en el pasado o en el futuro nos hace infelices.
En el pasado, hemos invertido tiempo huyendo de sentimientos que — según el yo de ese momento — no convenían a nadie.
Fallamos desorbitadamente.
En parte, huíamos de lo que más deseábamos: atención y cariño, para evitar querer feo —no recuerdo cuándo ni cómo llegamos a esa conclusión—, en una malinterpretación de la obra, al creer que en esta vida algo externo podría cortarnos las alas.
Como toda gran historia,
hay contrastes, olores y disfrute.
Hubo momentos en que nos abrimos sin filtros,
nos sentimos vulnerables,
nos retorcimos de lujuria sin atadura
y nos dejamos ser.
Lo que más intriga de cada episodio
es que siempre algo se impregno en mi piel;
poco a poco, cada tacto, cada pupila, cada decisión moldeó algunos recovecos de la mujer que soy.
Importante es que en el verso que vivimos
existen sueños,
ganas de besar,
ambición de escuchar
y un deseo intenso de alimentar sanamente el hoy
para que en el próximo capítulo siga sintiendo que sí estoy viviendo una vida propia.
Sin importar con cuántos yo convivo, estoy alineada con la vida cambiante.
Este universo sería bastante decepcionante si no hubiera habido tanta lágrima, tanta risa, tanto sueño incumplido y metas alcanzadas que perfilan el hoy.
¿Te imaginas el maltrato que sería ser la misma persona cada año?
Sin aprender, sin curiosidad, sin experimentar, sin cambiar de opinión, de gustos, de mirada…
Vivir el mismo día una y otra vez.
Los mismos pensamientos por décadas.
Morir por dentro.
¡Qué agonía!
© Saliary Röman
Gracias
❤!
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